Maternidad y trabajo (que no maternidad y conciliación laboral)

Así es. No podemos titular este artículo “maternidad y conciliación laboral”, porque en nuestro país no existe una buena política de conciliación laboral. Nos toca ir a trabajar y hacer nuestras ocho horitas al día, y mientras mandar a la guardería o al cole a los niños y luego recurrir a canguros o a familiares (que no siempre es posible).

Por Neus Jordi

Conozco el caso de madres que, por voluntad propia, han elegido hacer un parón laboral para estar con los niños. Bien por ellas, enhorabuena. Siento admiración, porque el papel de madre a tiempo completo es más duro y sacrificado de lo que uno se cree, y también un poco de envidia: sí, porque económicamente yo no me puedo permitir el lujo de dejar de trabajar. Y mezclando ambos sentimientos, también noto algo extraño aquí dentro, algo que podría describirse como alivio: menos mal que no me lo puedo permitir, porque dudo que fuera capaz. Al contrario, soy capaz de trabajar como una mula durante ocho o diez horas, llegar a casa, mimar y gritar un poco a los niños a partes iguales (que si que hacéis descalzos, que si mirad qué desorden por toda la casa, que si ven aquí que te como a besos) y ordenar, cocinar y poner una lavadora porque la canguro aún no sabe hacerlo (prometo que un día de estos encuentro cinco minutos para enseñarte).

El caso es que, cuando tengo tiempo de darle vueltas al tema, me pregunto si vale la pena. Eso de trabajar tanto y estar tan poco con los peques. Tengo la suerte de que me gusta mi trabajo, así que no lo veo como un sacrificio. Pero… ¿son los niños los sacrificados? ¿Debería sentirme culpable por trabajar tantas horas, cuando ellos me piden más tiempo de juego? Un poco culpable me siento, no lo voy a negar. Pero es verdad que el tiempo que pasamos juntos, aunque no sea tanto como ellos quieran, es de calidad (salvando los cuatro “uffas” y los cinco “cuaquis” diarios por rebeldías y pillerías propias de niños). Pero qué le vamos a hacer: el papel de los padres también es ese, educar. Ojalá nos pudiéramos centrar solo en jugar con ellos. Qué divertido sería esto de ser padres, ¿verdad?

Lo que me pregunto sobre todo es si a los niños esto les afectará, a los míos y a los de toda esta generación de críos que alternan cole con canguro, a falta de una abuela cerca que se pueda encargar de ellos y darle ese amor que solo la familia da. Los míos son chavales felices, extrovertidos e independientes, así que creo que no lo estamos haciendo tan mal. Lo hablo con mi pareja y, sí, nos convencemos de ello. Y, venga, para adelante, pon la lavadora tú y yo leo el cuento de buenas noches a los niños.

En medio de toda esta reflexión, Manuel Fló, alma mater de Psico Impronta, me manda un artículo sobre un estudio elaborado por la Harvard Business School, que analiza el carácter y el éxito profesional de los hijos de madres trabajadoras y de los de madres que se han quedado en casa. El titular reza:

“Las madres trabajadoras tienen hijas de mayor éxito e hijos más afectuosos respecto a las madres amas de casa, según el estudio de la Harvard Business School” (si quieres, puedes leer el artículo completo aquí, en italiano, eso sí).

Uff. Suspiro de alivio. Venga, dale, ahora cambio, tú acuestas a los niños y yo mientras preparo la cena.

Por cierto, mi pareja, y padre de mis hijos, añade que él también se encarga de los niños, aparte de la canguro. Pues sí, y lo hace muy bien. Ya sabes, Havard Business School, ahora toca hacer el mismo estudio pero teniendo en cuenta los padres trabajadores. Ala.

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